"Los vestigios del desafortunado enlace de nuestros cuerpos"

Humedezco el dedo índice con el persistente y delirante calor de tus labios.

Lo hago recorrer un largo y níveo camino.

Recuerdo la curvatura de tu espalda, lo recuerdo de una forma tan vívida.

Me asusta la posibilidad de que esta imagen se solape sobre cualquier otro recuerdo.


Si cierro los ojos, sigo viendo.
Veo tu espalda.
Beso tu espalda.

Me aferro a ti.
Tu piel. ¿Sabrá, a caso, Dios como huele tu piel?

Sólo el pensar en tu aroma es causa de delirio.
No me permito pensar en tus labios...
húmedos, calientes, fuente de vida.

Si pensase en tus labios de la forma en que lo hago en tu piel ¿Qué sería de mí?
Sería inefable morir embriagado por el olor de tu piel.
Pero, sólo conservo el recuerdo de ello.

Cada vez que te tenía. Cerca. Tan cerca.
Dentro de mí, algo gemía. Gemía por la desesperación de tenerte, por la posibilidad de perderte.
Así fue.

Te perdí.


30 de noviembre 2013

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