Pozo de flores marchitas


Le pedí tantas veces ayuda, le pedí tantas veces que me liberara del mal que asolaba mi cuerpo. Le pedí tantas veces que me sacara del abismo, más mis plegarias de nada sirvieron.

Sabía lo que me pasaba, sabía que estaba enferma. Me aferré a la vida con uñas y dientes. Rogué un segundo más de ella, casi vendí mi alma por un suspiro, porque una vez más pudiera sentir... que existía.

Mis sueños eran expulsados de mi cuerpo, regurgitados.
Mi belleza perecía entre mis manos prometiendo volver, pero nunca  lo hizo.

Me aferré al crucifijo de mi cuello. Quizás hice demasiado el tonto, quizás mis manos debieron tirar aquellas cosas, las cosas que acabaron conmigo.

Sueños con alas convertidos en demonios, que me desgarraron, que me hicieron llorar, que quemaron todas las cavidades de mi corazón.

Te escribo esta carta, querido nadie, para que no cometas el mismo error que yo cometí en vida. Recuerda que todos cometemos errores, pero hemos de encontrar un límite; yo no conseguí hacerlo. Y mi mayor pecado fue pedir ayuda cuando había acabado conmigo misma. Cuando había caído en un pozo de flores marchitas. Hijo pedí un segundo para escribirte esto. Pedí un segundo para salvarte.

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